Interesante reflexión la de Charlie Torres al respecto de la información de catástrofes que, por desgracia, tuvimos que vivir tras lo del otro día:
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Pero la culpa no es del periodista. Es del productor. Y llamo productor al editor, al medio de comunicación controlado por el capital, que explota el sensacionalismo, y horas ininterrumpidas de programación sobre la catástrofe, porque siempre hay alguien, que quiere por un rato, informarse. Nuestro blog ha doblado las visitas, ayer y hoy respecto a un día normal de Agosto. Imagínense un periódico digital. Imagínense la televisión o la radio. Esa es la clave. La carnaza da audiencia, y eso lo saben los productores y las empresas.
Llamo productor, a los planes de estudio, y en última instancia a los profesores que impartiendo la licenciatura de periodismo, nunca se les ha ocurrido dar una clase práctica a sus alumnos de cómo deben realizar una información sobre una catástrofe, de forma objetiva y respetuoso. Por cierto, no todos los profesores son iguales.
Llamo productor, a todo aquel magnate productor ejecutivo que se está forrando con programas de “desinformación en directo” en la televisión, que todos conocemos y sabemos sus nombres y las cadenas que los emiten. Estoy harto de que cuando digo que voy a ser periodista me digan que pronto me veré persiguiendo famosos con una alcachofa para “El Tomate”. Los ciudadanos están perdiendo la confianza en los periodistas, pero no ven que el trasfondo del problema está en los organigramas de las empresas de comunicación, controladas por constructoras, bancos, operadoras de telefonía, gobiernos locales, autonómicos y estatales.
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De la misma manera, y relacionada con esta, me parece valiosa la aportación de Ignacio Escolar, al que respondería a algunos de los interrogantes que deja abiertos pero al que hay que darle la razón en otros tantos, como, y que sirva como mero apunte, el hecho de que en la sección de Internacional de los diarios estemos cansados de ver muertos (yo personalmente recuerdo un soldado Georgiano en una cuneta publicada por El País hace unos días) y ahora por cualquier foto en que se intuya a un herido, enseguida nos sentimos heridos.
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“Si la talla moral de las personas se demuestra en los grandes dramas, la de los medios de comunicación se demuestra en las grandes tragedias”, escribe Mi mesa cojea sobre la cobertura informativa del accidente, especialmente las televisiones. Estoy de acuerdo, aunque sólo en parte. Es verdad que hay errores y abusos, es cierto que las imágenes de periodistas persiguiendo a los familiares de los muertos son vergonzosas, que por encima de la información irrelevante, del detalle escabroso, está siempre la dignidad de las personas. Pero tengo la sensación de que hay una hiperreacción de la sociedad ante la prensa que nos puede llevar a otro extremo tan o más peligroso que el amarillismo sanguinolento: ese mundo donde la muerte de 153 personas es una simple cifra, una estadística. Ese mundo donde las únicas imágenes de una guerra son soldados repartiendo caramelos.
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